En su novela No soy invisible, Antonio Wollstein Montes se adentra en un territorio que la literatura juvenil suele rozar pero pocas veces trabajar con verdadera sensibilidad: el de la diferencia convertida en herida cotidiana. La historia gira en torno a Marcos, un niño albino que atraviesa un año escolar marcado por el acoso, la timidez y el lento descubrimiento de su propia fortaleza.

El punto de apoyo emocional del libro es el abuelo, con quien vive desde la muerte de sus padres. Lejos de la figura solemne del tutor de manual, el abuelo de Marcos está hecho de pequeñas rutinas: cenas en casa, disfraces improvisados, dibujos compartidos en la mesa, conversaciones sin prisa. En esa relación se sostiene buena parte del encanto de la novela: no hay idealización, solo dos personas que se acompañan en medio de la ausencia.

Pero el refugio doméstico no alcanza para contrarrestar lo que ocurre en la escuela. Allí, Marcos lidia con las burlas de Leo, un compañero que lo convierte en blanco fácil. El insulto repetido —“lechoso”— funciona en la novela como un recordatorio del acoso que erosiona silenciosamente la vida cotidiana. El autor no dramatiza la situación; la muestra tal como se instala en lo pequeño: en el humor del protagonista, en su apetito, en el modo en que responde a quienes lo rodean.

En contraste con esa hostilidad aparece Mina, la compañera que se convierte poco a poco en el centro emocional de la historia. Ella lo invita a salir de sí mismo: lo defiende, lo anima, le escribe, lo espera. También cuida del abuelo cuando este lo necesita. Su relación, todavía desordenada y llena de silencios, aporta a la novela un tono de exploración afectiva muy verosímil: no hay grandes declaraciones, pero sí gestos que revelan una intimidad creciente.

La novela incorpora algunos motivos que funcionan como hilos conductores: los dibujos de Marcos, el atletismo, la presencia del primo Blas, las visitas al cementerio, la luz de la luna. Este último elemento aparece como una especie de confidente silencioso para el protagonista, un símbolo que él mira buscando respuestas que no siempre puede formular. En una de las escenas finales, el vínculo con la luna se expresa con una simplicidad que condensa bien el espíritu del libro: “Sé que me miras”.

Estructurado en capítulos breves, el relato avanza como una serie de postales del año escolar: la fiesta de Halloween, la exposición de arte, actividades deportivas, encuentros que acercan y alejan a los personajes. Cada fragmento suma una pieza al retrato de un niño que, pasito a pasito, empieza a reconocerse con más firmeza. Es en la recta final del curso —con carrera incluida— donde esa transformación se vuelve más visible, junto a una declaración que da título y sentido al libro: “Ya ves. No soy invisible”.

Wollstein Montes entrega aquí una novela que no subestima a sus lectores, que se construye desde lo íntimo, sin moralinas ni golpes de efecto, y apuesta por una verdad sencilla: que crecer también consiste en aprender a ocupar un espacio propio, incluso cuando el entorno parece empeñado en borrarlo. El resultado es una literatura cercana, luminosa y especialmente pertinente en tiempos donde muchos adolescentes viven entre miradas que juzgan más de lo que acompañan.